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  LUNES 31/10/2016
El tipo y Jesús salieron de gira
JUAN ZETA (Entrega 20)
Eran casi las tres de la tarde cuando ella y el tipo se despertaron abrazados. El mismo abrazo con el que habían quedado fundidos en la madrugada luego de amarse en el más absoluto silencio.

Jadeos, gemidos, gritos, palabras lanzadas para adentro y reprimidas por la presencia de un extraño en la casa. Desde que había aparecido Jesús no habían vuelto a tener una noche como la que acababan de tener.

Sus ojos, como si hubieran hecho un pacto, se abrieron en un mismo instante y al instante que siguió a ese instante se estaban mirando. Un instante después, el que seguía al instante que había venido después del primer instante, dos sonrisas brillantes iluminaron las caras adormecidas; el instante siguiente fue el instante en que esas sonrisas despertaron un dulce y torpe beso.

_Buen día mi amor, dijo ella con voz ronca.

_Hola, ¿dormiste lindo?, dijo el tipo.

_¡Hermoso! Sabés que me encanta dormir con vos.

_A mí también, hacía mucho tiempo que no dormía tan tranquilo.

El tipo salió de abajo de las sábanas y se puso de pie; estaba desnudo.

Ella  siguió debajo de las sábanas; estaba desnuda.

_ Voy a ir a visitar a mis padres, hace mucho que no los veo. ¿Me acompañás?, dijo ella.

El tipo apenas dijo: “Me voy a bañar” y salió de la habitación desnudo como estaba.

Mercedes seguía desnuda pero se sintió más desnuda aún porque su pregunta no había encontrado lo que buscaba: una respuesta. Aunque ya la supiera guardaba siempre la quimérica esperanza de sentirse sorprendida.

Ella tenía un Dios, ella tenía también un padre y una madre que conocían la existencia de el tipo en la vida de su hija. Nunca lo habían visto personalmente, sólo en una foto robada. El tipo tenía miedo que su alma fuera la retratada a través del lente. Aunque ella siempre andaba con una cámara encima, en la casa de el tipo  no había ni una foto de él, tampoco de ella. En realidad no había fotos.

Los padres de ella insistían en conocer a el tipo, ella insistía para que se conozcan, el tipo insistía en evitar ese encuentro igual que evitaba todo lo que lo comprometiera de alguna forma.

El tipo caminaba desnudo hacia el baño cuando Jesús salió de su cuarto.

_Era hora de que te levantaras, ya me estaba aburriendo, dijo Jesús.

_Vos ya me aburriste hace rato, respondió el tipo

Jesús no escuchó la respuesta, estaba mirando la desnudez de el tipo con extraño interés.

_¿Qué mirás? Lo único que falta es que seas puto, dijo el tipo.

 _No estás circuncidado, dijo Jesús.

_¿ Y qué ?¿Te pensás que un pedazo de pija menos te hace mejor hombre? Además no estoy tan bien dotado como para que me corten un cacho, sería lastimosa mi hombría con un par de centímetros menos, dijo el tipo con tono antisemita pero sin la intención mientras entraba al baño.

Estaba debajo de la ducha, dejando mansamente que el agua barriera con todos sus torturantes pensamientos, cuándo escuchó que la puerta se abría.

_¿Hermosa?, preguntó con los ojos cerrados en defensa propia contra el jabón.

_Frío, frío.

El tipo abrió los ojos, el jabón entró en ellos. A través de esos ojos, ahora irritados y quemantes, vio a Jesús sentado, con la bata y las piernas abiertas, en el bidet.

_¿Qué mierda estás haciendo acá? No me digas que es justamente eso: mierda. ¡Podrías haber esperado a que yo termine de ducharme carajo! Además te equivocaste de asiento; es en el otro, dijo el tipo.

_No, no estoy haciendo nada, sólo quiero hablar con vos, dijo Jesús.

_¿Ahora?

_Ahora.

_¿Y se puede saber qué querés?, preguntó el tipo.

_Salir es lo que quiero. Estoy cansado de estar encerrado, dijo Jesús.

_Pues salí cuando quieras, nadie te retiene acá adentro. Un respiro de vos me vendría bien.

_Pero quiero salir con vos, no conozco la ciudad. Quiero ver gente, quiero ver de dónde me sacaste, quiero hacer cosas.

_No sé si es un buena idea. Ahora dejáme bañar en paz, pidió el tipo.

El agua siguió arrastrando las miserias de el tipo pero no pudo con el rojo de sus manos. Se secó y salió del baño con una toalla envuelta en su cintura.

Ella ya se había levantado y estaba tomando mate con Jesús que ya se había acostumbrado a esa bebida; al whisky también.

El tipo tomó un mate que le ofreció ella y entró en la habitación a vestirse. Desde allí la escuchó decirle: “¿Venís conmigo a la casa de mamá o no?”.

El tipo pensó rápido, el tipo contestó rápido.

_No, no puedo. Tengo que sacar a pasear a Jesús, quiere conocer la ciudad.

A la palabra ciudad le siguió un portazo que indicaba que ella ya no estaba dentro de la casa; la palabra ciudad la había expulsado hacia la ciudad.

Jesús entró en la habitación y dijo: "Parece que se enojó".

_¡Boludo!, le respondió el tipo.

_¿Así que me vas a llevar a conocer la ciudad?

_No, sólo lo dije para no acompañarla a lo de sus padres.

_Si no me llevás le digo que nos quedamos acá y las cosas se te van a poner peor, dijo Jesús.

_¿Me estás extorsionando mal parido o parido de manera extraña? Con vos en la cruz estábamos todos más cómodos, contestó el tipo.

_No es extorsión, sólo es un trato que nos beneficia a los dos. Vos también hace mucho que estás encerrado.

_No te imaginás como me molesta darte la razón, pero es cierto. Hace mucho que no salgo. Te doy algo de ropa y nos vamos, no podés andar por ahí con esa bata ni con el pañal que tenías puesto cuando te encontré.

El tipo le dio una camisa, unos pantalones, un par de zapatillas y esperó.

Pasaron unos minutos, Jesús salió vestido. La ropa le quedaba algo holgada pero era mejor que la bata. Jesús estaba descalzo.

_¿No tenés una túnica? No me siento cómodo enfundado en esta vestimenta, reclamó Jesús.

_No, pero si querés te doy una minifalda de mi chica, total mucho pelo en las piernas no tenés. ¿Y que hacés en patas?, dijo el tipo.

_Ese calzado me aprisiona mucho los pies, no estoy acostumbrado. Prefiero caminar así.

Los dos cruzaron la puerta, el tipo vestía pantalón y camisa negros y un par de zapatos; Jesús un pantalón azul, una camisa celeste y si no fuera por el par de ojotas hubiese parecido un colectivero.

Sobre la mesa quedó un papel escrito por el tipo que decía: "Llevo a Jesús al Once, creo que le va a gustar esa zona. No te enojes conmigo. Un beso."

Juntos desandaron el camino que el tipo había recorrido con Jesús, todavía en la cruz, al hombro y llegaron hasta la puerta de la Iglesia de San Cayetano.

La cruz azul y manca de neón ya no estaba. La palabra hotel de neón verde y con la letra T sin un brazo, sí.

_De acá te saqué, dijo el tipo.

_¿Este era mi templo?, pregunto Jesús.

_Esta es una pocilga comparada con otras iglesias que te construyeron.

_Quiero entrar.

_¿Es necesario? Jamás entré en una en treinta y tres años y ahora, en un mes, entro dos veces en la misma. Tengo malos recuerdos de la primera vez que entré; te tengo a vos al lado, decía el tipo cuándo se dio cuenta de que estaba hablando solo. Jesús ya estaba entrando por la puerta de la izquierda.

El tipo lanzando diatribas al aire corrió para alcanzar a Jesús, ya no había mendigos en la entrada. La iglesia estaba desierta.

Estaba descuidada, sus paredes lloraban pedazos de pintura y reboque; el altar estaba desnudo. Desde la puerta vio a Jesús mirando hacia el lugar donde antes había estado colgado; eso lo sorprendió.

El tipo estaba parado obstruyendo la entrada cuando siete hombres, que salieron disparados de un cuarto al fondo de la iglesia, lo llevaron por delante.

El tipo trastabilló, quiso insultarlos pero siete eran demasiado para su cobardía. No los conocía pero no le pareció que ellos, salvo uno vestido de cura, pertenecieran a ese lugar. No tenían aspecto de ser ovejas del rebaño del Señor. Daban lobos.

El tipo no los conocía pero yo sí; yo los conozco a todos.

Eran el Jefe de la Guardia Suiza con su hombre de confianza, el cura que había atraído la atención del Papa con su teoría, dos sacerdotes hijos de la Inquisición que no vestían hábitos y llevaban una valija en sus manos y dos hombres gigantes con pelo casi rapado, gafas negras y un bulto que se veía a través de sus sacos. Los siete se movían en formación cerrada y estaban vestidos íntegramente de negro.

El tipo y Jesús salieron de la iglesia y entraron al vagón de un tren que los dejaría en Plaza Miserere. Sentados en asientos enfrentados hicieron todo el recorrido en silencio, mirando como el tren iba dejando atrás árboles, personas, casas y tal vez algunos rencores.

Llegaron a destino, recorrieron el andén, recorrieron la estación, cruzaron la calle Mitre y desembarcaron en la plaza. Se sentaron en un banco de cemento a observar a la gente que iba y venía. Si Jesús quería conocer a las personas, ese era el mejor lugar. Una fauna de todas las especies, como un en un zoológico de puertas abiertas, habitaba la plaza.

El atardecer caía sobre la ciudad y sobre las almas de las gentes, las tristezas ya no serían fáciles de esconder. Los atardeceres son tristes en su esencia.

El día no se quería ir, la noche estaba apurada por llegar; el sol y la luna compartían el cielo. El tipo y Jesús estaban maravillados por esa pulseada que estaban teniendo el sol y la luna. La luna, con la noche colgada de una punta empujaba al sol que sostenía al día aferrado a uno de sus rayos.

Ninguno se resignaba, ambos querían el poder absoluto de ese cielo que ahora compartían. No era de día, no era de noche. Era de noche y de día.

El espectáculo se vio frustrado por otro que ofrecían una decena de personas que salieron de la nada y armaron, en un parpadear de ojos, un show delante de el tipoy Jesús.

Dos mujeres gordas empezaron a aporrear unas panderetas mientras un pastor conectaba un micrófono a un pequeño parlante y desafinaba cantos religiosos. El resto del grupo acompañaba con las palmas.

El pastor, pequeño, de tez morena, cabello ensortijado y traje rojo acababa de terminar su canción. Cuando intentó continuar con su repertorio, el tipo se lo impidió.

_¡Oiga señor Jesús! ¿Puede bajar el volumen del aparatito ese? O bien tenga el agrado de afinar un poco, o mejor por qué no se va a otro lado.

_No hace mal escuchar la palabra de Dios, salva a las personas del infierno, dijo el pastor.

_Lo único que escucho es su voz que ya es un infierno. No va a salvar a nadie pero me va a matar a mí, dijo el tipo.

_Disculpa si te molesté hermano, dijo el pastor con tolerancia.

_Soy hijo único, así que búsquese parientes en otro lado de la plaza, habló la intolerancia del tipo.

_Que Dios te bendiga, dijo el pastor que se iba con la música a otra parte.

_Que Dios te maldiga, te deje mudo o me libre de gente como vos, dijo el tipo mientras le arrojaba una piedra al pastor sin entender el por qué de ese primer paso a la lapidación.

El tipo, en el fragor de la discusión no se había percatado de que Jesús se había ido de su lado. Lo hizo cuando lo vio venir caminando desde el centro de la plaza dónde se cruzó con el pastor y su séquito de aplaudidores.

_¿Quién era ese hombre?, preguntó Jesús al llegar.

_Es como un publicitario tuyo. En realidad es un charlatán de feria como vos, dijo el tipo.

_Pero las piedras sangran a su paso.

_No, las piedras no sangran. Le sangra la cabeza, se la emboqué justo. ¿Se puede saber de dónde venís?

_¿No sentís ese olor?, dijo Jesús.

El olor dulzón del humo de la marihuana embotó la nariz de el tipo.

_Lo huelo. ¿Y eso que tiene que ver?

_ Mirá, dijo Jesús mostrándole tres cigarrillos rústicamente armados. Conseguí esa hierba de los dioses.

_¿De dónde sacaste plata?, preguntó el tipo.

Jesús se esforzó para articular una respuesta y dijo casi susurrando: “Me la dio tu hembra”.

_Me estás mintiendo, ella jamás te daría plata. ¿Cómo la conseguiste?

_La saqué de su bolso, dijo Jesús.

_¡Mierda! Le robaste plata a mi chica, se enojó el tipo.

_Digamos mejor que tomé mi diezmo, yo soy su Dios.

El tipo no pudo hacer otra cosa y se echó a reír con ganas. Naufragando entre carcajadas alcanzó a decir: " Mentís, robás, me querés coger la mina, no descansás ni en sábado, nombrás a Dios cuando se te cantan las pelotas. Parece que querés agarrar los Diez Mandamientos y hacerlos mierda . Si esa es tu intención por favor mátame a aquel coso” El tipo le señaló al pastor que había retomado su circo de micrófono, parlante, gordas, panderetas y aplaudidores a diez metros de ellos.

_¡Oh Señor! Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación. Bienaventurados los mansos porque ellos recibirán la tierra por heredad. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán la misericordia. Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios..., decía el pastor.

“¡Aleluya, Gloria al Señor!”, coreaban las gordas.

_¿Y este impostor quién se cree que es? El único que puede ser llamado Hijo de Dios soy yo. Pretende sacarme las ovejas de mi rebaño ¡Las ovejas son mías, todas mías!, dijo Jesús que, lleno de ira, atacó al pastor haciéndole morder el piso a patadas.

Jesús agarró el micrófono y como un loco empezó a gritar:  "¡No todo el que dice: ¡Señor! ¡Señor! entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad de mí que estoy en la tierra. Muchos me dirán en aquel día: ¡Señor! ¡Señor! ¿No profetizamos en tu nombre y en nombre tuyo arrojamos los demonios y en tu nombre hicimos muchos milagros? Yo entonces les diré: Nunca os conocí, apartáos de mí, obradores de iniquidad!"

La gente se empezó a amontonar para ver a aquel loco y para ayudar al pastor que sangraba en el piso. El tipo corrió hacia Jesús que seguía gritando como un lunático.

_¡No penséis que he venido a poner paz en la tierra; no vine a poner paz sino espada. Porque he venido a separar al hombre de su padre, y a la hija de su madre, y a la nuera de su suegra y los enemigos del hombre serán los de su casa. El hermano entregará al hermano a la muerte, el padre al hijo, y se levantarán los hijos contra los padres y les darán muerte. Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése será salvo!

Una pequeña muchedumbre presenciaba la puesta, un camarógrafo que andaba por el lugar filmaba la escena y al no haber otras noticias ésta era transmitida en directo. Unos policías fueron alertados por los colaboradores del pastor y se acercaban. El tipo agarró de un brazo a Jesús y se lo llevó a la rastra mientras éste seguía gritando como un desaforado: "¡ El que ama al padre o a la madre más que a mí no es digno de mí, y el que ama al hijo o a la hija más que a mí, no es digno de mí!”

En ese mismo momento, siete hombres vestidos de negro volteaban la puerta de la casa de el tipo. Mientras unos revisaban todos los rincones otro prendía el televisor.

El tipo y Jesús cruzaron corriendo la calle, se internaron en la estación y se mezclaron con la gente para intentar pasar desapercibidos. Luego de estar más de media hora detrás de una columna, viendo como los policías abandonaban la búsqueda, uno de los dos habló.

_¡Desquiciado de mierda, casi nos meten en cana!..., le escupía el tipo a Jesús cuando un dedo golpeó su hombro. El tipo palideció al instante, cómo si ese dedo que lo tocaba fuese el de la mismísima parca.

 

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