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  LUNES 10/10/2016
El tipo no tiene cura
JUAN ZETA (Entrega n° 17)
Y los curas se quejaron, y el Papa estalló en ira. Todos me maldijeron.
¡Oh. Los Jefes de la Iglesia, a ellos también los conozco; los conozco demasiado bien.

¡Oh!. Los sacerdotes, seres vergonzosos si los hay. Nunca pude hablar con ellos, no me escuchan, no me atienden los llamados. Todos quieren ser Papa, todos pretenden llegar a ser Dios. ¿Acaso Dios habla en tercera persona? Yo les contaré la verdad sobre ellos.  La verdad es la que sigue.

Las religiones no fueron creadas por ningún Ser Supremo, fueron un invento de estos hombres que vieron en ellas una fuente inagotable de poder autoproclamándose los mediadores entre los dioses y los hombres.

No le teman a la ira de Dios, témanle a la de los voceros. Seres frágiles de alma que andan con una Biblia bajo el brazo y un libro de marketing en el bolsillo. Hombres ambiciosos de poder que se empezaron a hacer pastores para esquilar a las ovejas del Señor.

Celebraron innumerables reuniones secretas para formar mil y un documentos más falsos que moneda de dos caras que le servirían de pedestal para erigirse en el poder y desde allí catequizar y dominar a gran parte de la humanidad.

Estos parásitos que siempre han perseguido la forma de explotar a los demás, viviendo a costa del miedo a la muerte, comprendieron que del cristianismo no podían sacar partido como se sacaba de otras religiones mientras no se practicase de otra manera.

Porque una religión que no tenía ministros especiales, dónde cada cristiano era su propio sacerdote y al mismo tiempo podía servir de sacerdote para todos predicando las doctrinas inmutables de la moral, de la justicia, de la misericordia y del amor al prójimo; una religión en la que uno podía dirigirse directamente a Dios, no les dejaba campo fértil para convertir a las creencias de los hombres en mercancía  para sus mercaderes.

Estos hombres, tan perversos como astutos, atrajeron fieles y les hicieron adorar imágenes milagrosas, los asustaron con el Infierno y fundaron una de las organizaciones más tremendas que, para dominar por medio del engaño, hayan inventado jamás los hombres.

El hombre más poderoso del mundo vive en un palacio erigido desde los huesos de los pobres y es llamado Papa.

Estas personas prohibieron la lectura de la Biblia, pues en ella los creyentes podían leer cosas no convenientes para sus intereses e instituyeron una ceremonia con luces, incienso, música y vestidos bordados a la que llamaron misa. Los fieles fueron los enanos en ese circo tétrico de Dios.

En estas misas, el cura subía al púlpito a contar media docena de milagros efectuados por la imagen que más dinero les retribuía y recomendaban la eficacia de rezarles rosarios a esas imágenes para que los originales de ellas se encargaran, en el cielo, de hacerles presentes a su Dios sus deseos.

Explicaban que los misterios de la religión son tanto más divinos cuando más inexplicables.

En una ceremonia antropófaga y con dejos de vampirismo hacían comer la carne de Cristo y beber su sangre. Mediante sus sucias manos introducían en los estómagos de la gente aquel divino cuerpo, un pedazo de harina que era el Dios mismo, para hacerlo pasar por los intestinos y arrojarlo junto con todas las inmundicias. Cagando a Dios después del ceremonial.

Impusieron la confesión pública. En la confesión pública todos los que quisieran oírla podían concurrir, pero como a los curas no les servía de nada saber lo que podía saber todo el mundo y comprendiendo el inmenso partido que de la confesión podían sacar si la convertían en secreta, se valieron de los escándalos que a menudo resultaban de las conferencias públicas, escándalos en los que más de una vez salían a relucir curas y Papas pecadores para ordenar que se hicieran en privado.

Para inspirar la más absoluta confianza de los confesos y poder averiguar todas sus acciones y hasta sus pensamientos más íntimos, declararon a la confesión, no sólo privada, sino inviolable. Aunque el penitente confesara los mayores crímenes y aun cuando un inocente fuera perseguido por esos crímenes, el confesor no abriría la boca para impedir aquella infamia.

Esta información siempre fue usada por los curas a su antojo y, según su conveniencia, violaban el secreto de confesión así como violaban a algunas feligresas.

¡Cuántos sacerdotes enterados por la confesión, de la conducta de sus penitentes, se valieron de aquella información para obtener sus favores. Favores económicos, favores sexuales, favores de todo tipo! La extorsión era usada en la más pura de sus formas.

La historia de los Papas es la historia de las iniquidades más enormes y de los crímenes más espantosos de que los hombres puedan ser capaces. El robo, el asesinato, el incesto, la pedofilia, eran hechos tan notorios que ni los mismos defensores de la Iglesia se atrevían a negarlos.

La Inquisición, sólo en España, sacrificó a trescientos veintidós mil ochocientos hombres y mujeres. Les fueron confinados sus bienes haciendo perecer a sus familiares en la miseria mientras estos ministros de Cristo vivían como príncipes en la mayor opulencia.

La mayoría de las riquezas que ostentaban fueron conseguidas a un altísimo precio: la sangre de los fieles. Los Papas llegaron a ser verdaderos Reyes de Reyes.

Estos entes, los agentes de Roma, pueden hasta llegar a clasificarse con estereotipos identificables como el Cura en bruto, el Cura vividor, el Cura metafísico y el Cura listo. Diferentes entre sí pero a la vez iguales, uniformados. ¿Qué sería de un General en pelotas?¿Qué sería de un cura sin sotana? Los uniformes no uniforman cuerpos, uniforman mentes.

El Cura en Bruto era aquel cuyos conocimientos se reducían a decir misa y dos docenas de latinajos que él mismo no comprendía. Llegó a ser cura sin saber nada. Era partidario del reestablecimiento de la Inquisición y en sus sermones salía a relucir el infierno, en cuya existencia creía firmemente. Le interesaba más qué era lo que iba a comer a la noche que todos los sacramentos.

El Cura Vividor sabía bastante como para responder a los que, sin conocimientos concretos, y por la simple fuerza del sentido común, dudaban acerca de algún sacramento. Pero cuando se encontraba con alguien mejor informado eludía la polémica refugiándose en la divina gracia de la fe.

En su interior, este cura no era completamente incrédulo pero tampoco tomaba como artículo de fe todo cuando mandaba la Iglesia. Sólo vivía de ella y de los fieles.

El Cura Metafísico era el que se metía en la cabeza trescientos volúmenes de teología y después encontraba qué no sabía más que antes sino menos por habérsele enfermado el sentido común. También escribía aumentando el caos de absurdos teológicos.

Se secaba el cerebro, a menudo e inútilmente, tratando de explicar los misterios sin querer convencerse de que un cura como él, antes, ya los había hecho absurdos. En ese absurdo encontraban la manera para que dejaran de ser misterios.  De estos curas se decían que eran sabios por que no sólo hablaban latín, griego y hebreo, también sánscrito, moabita y, en general, cualquier lengua que no se hablara desde hacía tres o cuatro mil años. Nadie tenía la más remota idea de su sonido.

El Cura Listo era el que, sin necesidad de estudiar mucho, comprendía el principal misterio de la Santa Madre Iglesia; vivir a costa de los fieles. Este cura se burlaba para sus adentros de la Iglesia y de toda su teología y generalmente llegaba a Obispo o a algún otro buen puesto.

Diferentes entre sí pero a la vez iguales, uniformados.

Estos ministros afirmaban sin vergüenza alguna que la Biblia estaba escrita por Dios, el que habla en tercera persona. Fueron cómplices de todas las tiranías.

Los Jefes de Gobierno decidieron aparentar creer en la religión, asegurando que los sacerdotes eran los verdaderos representantes de Dios sobre la tierra, para darles más autoridad. Asistían con gran aparato a todas las ceremonias de la Iglesia. Al besar sus anillos ayudaban a hacerlos más monstruosos y titánicos. Las tiranías necesitaban mercenarios, los curas eran eso.

Cambiando favores, los sacerdotes alababan en sus sermones la sabiduría de los gobernantes y lo bien que administraban la nación.

Esta alianza se llamaba la unión de la Iglesia y el Estado. Los Estados sostenían a estos seres que también eran mantenidos por los seguidores de Dios. Los pobres le daban limosna a los ricos.

Anduvieron de épocas oscuras a épocas negras.

Durante la Santa Inquisición se consideraron iluminados y con desbordante imaginación hablaban de textos misteriosos dónde las citas de la Biblia se mezclaban con sorprendentes ritos. Esas reuniones se centraban en charlas con inenarrables descripciones de un mundo prodigioso en el que la magia, la astrología y las fuerzas sobrenaturales eran temas atrayentes.

Buscaban nuevas formas contra el tradicional sentido religioso haciendo particulares interpretaciones de las reglas humanas y divinas imperantes en los tiempos. Sus visiones se hallaban impregnadas por la posesión de atributos divinos y un culto a su propia personalidad.

La tortura y la muerte en la hoguera formaban parte de su propio sistema legal y procesal. Cuando las actuaciones orales o sumariales les resultaban vagas o insuficientes, recurrían al tormento.

Con la tortura denominada del cordel, sujetaban los brazos del procesado con unos anillos que se iban oprimiendo hasta ocasionar agudos dolores. El tormento del potro era de mayor dureza, se colocaba al reo en un potro de madera con ataduras en piernas y brazos y se le vertía agua en la garganta ocasionándole una sensación de ahogo y pérdida de los sentidos. También usaban los tormentos de la garrucha o izamiento, suspendiendo al reo en alto por los brazos y al cabo de un tiempo lo dejaban caer violentamente al suelo.

Muchos iluminados se masturbaban durante los tormentos; todos gozaban de alguna forma frente al dolor.

El avance científico proporcionaba explicaciones naturales para hechos aparentemente extraordinarios. La Iglesia de las últimas décadas no ha admitido muchos hechos milagrosos; en la Edad Media los anunciaba por centenas. Los curas siempre estuvieron en contra de la medicina porque echaba por tierra el más grande se sus negocios: los milagros. La Iglesia se ha asociado siempre con los poderosos. Vendía títulos y cargos eclesiásticos para recaudar fondos que habían derrochado en regalos a hijos bastardos.

Los bienes de la Iglesia son el mayor patrimonio privado en varios países, si pagasen impuestos por sus ingresos serían los mayores contribuyentes.

Un cura puede ascender según la recaudación de su parroquia.

“Dame cualquier maldad, pero no maldad de mujer. Preferiría morar con un león y un dragón que habitar con una mujer malvada. La maldad de una mujer inunda su semblante y oscurece su rostro como el de un oso. Toda maldad es poca comparada con la de la mujer. La suerte del pecador caiga sobre ella. No te dejes seducir ante la belleza de una mujer y no la desees. Por la mujer comenzó el pecado y por ella morimos todos”, reza un texto divino que los curas repetían a diario.

Pero, a pesar de sus palabras, las mujeres siempre fueron su gran debilidad. Esos seres inferiores para los sacerdotes y para la Iglesia misma.

Cuando los curas tenían relaciones sexuales y eran obligados a confesar, decían que habían sido poseídos por el demonio o tentados por él. El íncubo era el demonio en forma de hombre y el súcubo en forma de mujer.

La misma Iglesia que hoy condena el aborto, el forro y hasta el coitus interruptus era la mayor ejecutante de ciertas prácticas.

Los conventos de las religiosas eran un harén para el uso de Obispos y Frailes que le brindaban tributo a sus bolas. Alguna monjas tomaban remedios para abortar, otras eran obligadas a matar a sus hijos. “¡Ojalá no tuviéramos buenos oídos para escuchar los lamentos de los niños arrojados por los sacerdotes a las letrinas o a los ríos!”.

Documentos escritos por religiosas dicen que hay cientos de casos de curas que violaron a monjas. Cuando salieron a la luz, un escándalo de grandes proporciones estalló en el seno de la Iglesia. Estos documentos denunciaban el fenómeno de curas y Obispos que abusaban sexualmente de monjas, les obligan a tomar potajes anticonceptivos y hasta les exigían abortar si quedaban embarazadas.

El Vaticano mantuvo un secreto absoluto acerca del fenómeno.

Una congregación africana debió alejar de la vida religiosa a veinte monjas embarazadas por sacerdotes y Obispos. Una madre superiora que protestó ante su Arzobispo diocesano porque tenía veintinueve monjas embarazadas por religiosos fue destituida y reemplazada por otra superiora.

Un sacerdote dejó embarazada a una monja y la obligó a abortar; la religiosa murió y él mismo ofició los funerales.

Cuando una monja queda embarazada, el sacerdote insiste en hacerla abortar. Comúnmente la monja es alejada de su congregación y el cura es solamente transferido a otra parroquia o enviado a estudiar.

¡Oh!. Los Jefes de la Iglesia, a ellos también los conozco; los conozco demasiado bien.

¡Oh!. Los sacerdotes, seres vergonzosos si los hay. Todos quieren ser Papa, todos pretenden llegar a ser Dios.

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Y de verbos se trata, les hablé en diferentes tiempos. Pretéritos y presentes se juntaron en esta última parte. Los dos sirven, uno puede cambiarse por el otro sin que en nada se altere la verdad.

Los Curas, Obispos, Papas fueron y son lo mismo. Cometieron y cometen los mismos pecados, hicieron y hacen las cosas más aberrantes del mundo, tuvieron y tienen la Santa Cruz Verde de la Inquisición grabada a fuego en sus muertos corazones. Tuvieron y tienen gran poder. O lo tenían hasta que empezaron a desaparecer las cruces y los Cristos.

Su poder no soportaba la ausencia de Jesús.

Su poder había recibido una certera estocada en el centro del pecho.

Su poder estaba acéfalo y su negocio, su marca se había quedado sin logo.

Su poder les había sido robado por una persona: el tipo.

Comentarios
 
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 10/10/2016 | 20:33 Hs
Enviado por Raul
Hay curas Buenos
 
 10/10/2016 | 11:22 Hs
Enviado por Mordis
Brutal... ¡pero tan real!
 
 10/10/2016 | 02:48 Hs
Enviado por Gabriel
Tema Para el cura para la misa de hoy .Papa argentino, Zeta está falto de reflejos o es un kamikaze
 
 10/10/2016 | 02:13 Hs
Enviado por Pedro
El padre Grassi es un santo ....es una humorada . Puede gustar o no la ficción de Zeta pero cuándo hay datos tan exactos muestra una investigación que no la hace ni buena ni peor, la hace escirita desde un lugar de cierto compromiso con la creación. Donde la literatura es tan autorreferencial, , tan evocativa y naif y falta de toda creatividad que no sea ver una olla o un malvon es una experiencia extraordinaria leer una ficción tan políticamente incorrecta, tal vez bizarra en su significado de diccionario, pero tan estudiada. Zeta pasó por varias etapas por lo que leímos. Gusto más o menos pero nunca aburrió ni dejo de apostar y siempre buscó ir por más. Es un honor tener a este gran escritor tan cerca y tan seguido. Creo que esto último es mérito del medio. Me gustaría saber más de esa relación de MD con Zeta
 
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