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  LUNES 03/10/2016
El tipo llegó hasta el Papa
JUAN ZETA (Entrega n° 16)
Los días fueron deshojando el almanaque como si fuese una margarita y el misterio seguía sin tener una explicación en la mente de la gente. Muchos seguían hablando de vandalismo pero más gente aun, de a poco, se iba olvidando por completo del tema.

Sus vidas seguían sin cruces, sin crucifijos, sin Cristos; pero normalmente. La memoria acude a menudo a su falta de memoria para simplificar las cosas.

La gente tenía temas más importantes por los que preocuparse. La situación de Argentina no era la mejor, todo lo contrario: era la peor de la que se tenía memoria, esa memoria que acude a menudo a su falta de memoria para simplificar las cosas. La situación del mundo no era muy diferente.

La gente estaba hambreada o comía migajas, necesitaban más pan y menos hostias; esa invitación al canibalismo sagrado no llenaba ni almas ni estómagos.

Sin trabajo o trabajando como esclavos, sin futuro o con un futuro con olor a pólvora, sin ilusiones o con una ilusión con sabor a quimera, Cristo no era la salvación de nadie.

La gente no quería recibir limosna, aunque no tuviera para comer prefería darla. Pero recibirla no. El hombre no nació para eso. Dar dádivas lo hace sentir orgulloso y solidario pero recibirlas es la entrada que conduce a una salida de frustración, al sentir que uno es un desperdicio sobre la tierra, algo que sobra en un planeta dónde no sobra nada. El mundo estaba reinado por el egoísmo, pecado que la Iglesia no contempla, tal vez el único pecado, el gran pecado, la capital de los pecados.

Ningún hombre merece dormir a la intemperie, comer desperdicios encontrados en tachos de basura ni vestir harapos; pero mucho menos aun merece que le den limosnas.

La limosna no ayuda a la vida.

Si de vivir se trata el paso del hombre por el mundo, deberían vivir con dignidad; sin ella la vida no es vida.

Vivir en la miseria, vivir con hambre, vivir desnudos y con el vientre hinchado de vacíos; cuando no hay nada para comer el hambre es el que te come por dentro. Vivir con frío en el cuerpo y en el alma no es vivir, es morir.

Si alguien quería sentirse lejos de Dios no debía hacer otra cosa que vivir en este mundo.

La gente buscaba la vida o apenas la supervivencia, en algún recodo, en algún escondite debía estar. Y mientras la vida jugaba a las escondidas con la gente, partícipes obligados en un juego al que no querían jugar, las noticias de las ausencias de cruces, crucifijos y Cristos seguían el camino de los dinosaurios; estaban condenadas a desaparecer. La gente ya no miraba las manchas en forma de cruz que habían quedado, la gente prácticamente había olvidado a Jesús.

Pero otros seres que habitaban la tierra no lo habían hecho, pugnaban para que las noticias no se diluyeran, proponían que la gente se olvidara de sus vidas pero no de la de Jesús.

El avispero estaba revuelto. Mejor dicho: el "obispero" estaba revuelto.

Los Obispos y curas estaban alterados y desconcertados; los Cardenales también. Igual que las águilas, los cóndores, los aguiluchos y demás aves de rapiña, incluyendo al Papa.

Estos pajarracos eran una porquería, cantaban cuando la gente no quería y callaban cuando la gente reclamaba sus cantos; desde siempre había sido igual.

Estaban preocupados, la gente se estaba olvidando de Jesús y para ellos era un asunto de estado, literalmente. Todos los representantes de todas las curias del mundo se congregaban en secreto para encontrarle una solución al problema que los estaba incomodando.

El problema no era que la gente se estaba olvidando de Jesús, el problema era que las iglesias estaban cada vez más vacías, que los confesionarios se habían vuelto un artículo en desuso, que las alcancías de las iglesias quedaban cada día más grandes.

No era tanto un problema de fe como económico; estaban asistiendo a la quiebra de su negocio. Aunque con las riquezas adquiridas en todos estos siglos podían mantenerse sin ayuda externa por toda la eternidad, la idea no era vender lo ganado sino seguir acumulando más aun. Ellos sí tenían orgasmos con las limosnas; estaban poseídos por una avaricia de fe contante y sonante.

El desfile de moda de alta costura de los Obispos de todo el planeta, con faldas multicolores, por el Vaticano, era incesante.

Aquel Estado soberano, tan pequeño como rico, desde mil novecientos veintinueve gobernado por el Papa, se veía desbordado por la presencia de los Jefes de la Iglesia.

Las instalaciones para las miles de personas empleadas en los museos, en su propia oficina de correos, en su propia radio, en su propio periódico, en su propia editorial y en las demás oficinas Vaticanas, resultaban insuficientes para albergar semejante tráfico de sotanas.

Había una lucha entre optimistas y entre pesimistas frente al fenómeno. La iban ganando, a su propio pesar, los pesimistas.

Los periódicos del mundo ya no hablaban de Jesús ni de ti ni de mí; el único diario que lo hacía, en una campaña publicitaria deficiente y poco efectiva, era L’ Osservatore Romano, el diario del Vaticano.

El Papa se veía asistiendo a su propia muerte, lo que no habían logrado las fotos con los políticos, ex Presidentes y Presidente de su país ni las caídas al salir del baño, alguien que no sabía quién era lo estaba consiguiendo. Por este temor que no lo dejaba dormir era que había llamado a todos sus subordinados a encontrarle una explicación a lo sucedido para luego hallar una solución para su sueño y su muerte prematura.

En los museos Vaticanos, dónde se encontraba una de las mayores colecciones del mundo de arte clásico y renacentista, también habían desaparecido varios tesoros.

La misma mañana en la que el tipo se había robado el Cristo de la Iglesia de San Cayetano, el Cardenal Secretario de Estado del Vaticano había entrado sin llamar en los aposentos de Su Santidad y sólo dijo: “La piedad”.

El Papa lo miró desde sus ojos semiabiertos esperando a que el Secretario de Estado articulara alguna palabra más, que completara la idea; pero eso era todo lo que tenía para decir el Cardenal.

_ Lástima, misericordia. Cariño y respeto hacia las cosas santas. Representación artística de la Virgen de las Angustias, contestó el Papa sacándose un diez.

_ ¡Eso mismo!, dijo el Cardenal.

_ ¿Me estaba probando, Secretario? ¿Estaba probando mis reacciones? ¿Quería saber si estoy lo suficientemente gagá como creen? Le aclaro que estoy muy bien y si su intención era reemplazarme me veo en la obligación de decirle que otra vez será. Todavía habemus Papa y soy yo.

_ No Su Santidad, nunca un deseo estuvo tan lejos de mi corazón como el que acaba de decir. ¡La Piedad!.

_ Por Dios no sea tan alcahuete. La piedad, ¿es el tema de la misa de hoy?, dijo algo fastidiado el Papa.

_ No. La Piedad. La Piedad de Miguel Ángel, dijo el Cardenal.

_ ¿Qué pasó? ¿Otro loco la quiso destruir? ¿Cómo hizo para romper el blindaje?

_ Su Santidad, no me lo va a creer. El vidrio está intacto, pero la Piedad está incompleta. No está Jesús; sólo María quedó. María llorando a nadie, María sin nadie en su regazo.

_¿Está en pedo, secretario? Mucho vino corre por las venas de la Iglesia. ¿Se da cuenta usted del disparate que está diciendo?, dijo el Papa.

_ No es ningún disparate Su Santidad, tampoco está la imagen de Cristo en la fachada de San Pedro, ni la cruz en la capilla. Desapareció mi crucifijo y el suyo también, mire, dijo el Cardenal señalando una mancha en forma de cruz en la pared dónde daba la cabecera de la cama del Papa. A todas las últimas cenas les falta un comensal. ¡Parece obra del Demonio!.

_ ¡No sea estúpido!, dijo el Papa con vehemencia. "El Demonio no existe".

_ Pero si usted mismo recordó hace poco las palabras de uno de sus antecesores diciendo que Dios no está con un fusil esperando a que alguien cometa un solo pecado banal para mandarlo al infierno y que la condena es para los pecadores graves, conscientes y voluntarios y, sobre todo, para los que cometen el pecado supremo, para los que en un acto de soberbia y orgullo niegan a Dios para afirmarse a sí mismos, dijo el Cardenal.

_ Eso es para los de afuera y para algunos de acá adentro también. No sea iluso. Debía reafirmar la idea del Diablo y el Infierno porque muchos cristianos se lo estaban tomando a la ligera. Sin infierno, mi cándido secretario, sin un sistema de premios y castigos no hay Iglesia. Dios no es el eje de nuestra religión, el Diablo lo es. Sin él, Dios no tendría sentido. El papel de Dios es sólo el de un bombero que nos puede salvar de las llamas eternas. Lo que yo digo o mando a decir es sólo marketing o política, también les pedí perdón a los judíos por la actitud pasiva que tuvimos durante el Holocausto aunque ellos no pidieron perdón por su actitud activa en la crucifixión de nuestro Jesús, algo que le deberíamos agradecer después de todo. Con los musulmanes sigue estando todo mal pero no tengo ganas de que uno se detone a mi lado. Nos hice pedir perdón a los curas sudamericanos por la actuación de la Iglesia frente a las dictaduras y hasta castigué a los curas pedófilos escondiéndolos en recovecos de este pequeño gran Estado. Aunque me dan lástima estos tipos, los niños deben coger muy mal. ¿En qué lugar de La Biblia dice que violar niños sea pecado acaso?

_Evangelio según San Lucas 17,1-6. Después dijo a sus discípulos: “Es inevitable que haya escándalos, pero ¡ay de aquel que los ocasiona! Más le valdría que le ataran al cuello una piedra de moler y lo precipitaran al mar, antes que escandalizar a uno de estos pequeños", respondió el Cardenal que había hecho los deberes.

_ Eso es letra chica. Todo lo que no sean lo mandamientos lo es. ¿Pero a quién le importan esos perdones? A ver si usted todavía se cree que fueron un verdadero mea culpa. No me haga reír que estoy viejo, dijo el Papa.

El Secretario de Estado quedó perplejo ante las palabras de aquel viejo con cara de bonachón, cansado, un poco encorvado y con varios kilos más que cuando oficiaba en la Catedral de su país de origen que sentenció: “Quiero que se aclare esto rápidamente. Ponga a trabajar a todos los Consejos Pontificios que para algo los tenemos y a la Secretaría de Estado también. O sea, mueva el culo de inmediato y tráiganme una respuesta urgente. Hasta tanto no la consiga no lo quiero ni ver ni de lejos”.

El Vaticano contaba con varios Consejos Pontificios: el de los Laicos, el de Promoción de la Unidad de los Cristianos, la comisión para las Relaciones Religiosas con los Judíos, el de Familia, el de Justicia y Paz, el de Interpretación de Textos Legislativos, el de Diálogo Inter Religioso, el de Cultura y el de Comunicaciones Sociales entre otros.

En mil novecientos ochenta y ocho, el Papa de turno, había reformado la Curia Romana y había dividido a la Secretaría de Estado en dos secciones: la Sección para los Asuntos Generales y la Sección para las Relaciones con los Estados logrando duplicar el número de sanguijuelas.

La Secretaría de Estado estaba presidida por un Cardenal y primer colaborador del Papa en el gobierno de la Iglesia Universal. Era el máximo exponente de la actividad diplomática y política de la Santa Sede, representando, en ocasiones particulares, al mismo Papa.

A la Sección para los Asuntos Generales correspondía despachar los asuntos concernientes al servicio cotidiano del Sumo Pontífice, tanto en la solicitud por la Iglesia Universal como en las relaciones con los Dicasterios de la Curia Romana. Desde allí se cuidaba la redacción de los documentos que el Santo Padre confiaba, tramitaba los actos relativos a los nombramientos de la Curia Romana y custodiaba el Sello de Plomo y el Anillo del Pescador, regulaba la función y la actividad de los Representantes de la Santa Sede y atendía todo lo relativo a las Embajadas en el Vaticano. Esta sección estaba dirigida por un Arzobispo, el Sustituto para los Asuntos Generales que era ayudado por un Prelado, y pelado: el Asesor para los Asuntos Generales.

La Sección para las Relaciones con los Estados atendía los asuntos que debían ser tratados con los gobiernos civiles. Sus tareas eran las relaciones diplomáticas de la Santa Sede con los Estados y la representación de la Santa Sede ante los Organismos y las Conferencias Internacionales. También se ocupaba del nombramiento de Obispos en los países que habían establecido tratados o acuerdos de derecho internacional con la Santa Sede. Estaba dirigida por un Arzobispo, el Secretario para las Relaciones con los Estados y era ayudado por un Prelado, también pelado: el Subsecretario para las Relaciones con los Estados que era asistido por Cardenales y Obispos.

_ ¿Justo en ese país de mierda tuvo que pasar? No pienso pisar más ese suelo, había dicho el Papa cuándo se entero del génesis de la cosa.

El "obispero" estaba decididamente revuelto.

La maquinaria del Vaticano estaba en marcha.

Comentarios
 
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 03/10/2016 | 13:28 Hs
Enviado por Pato
Así no se va a ganar el cielo. No sé, hace ruido
 
 03/10/2016 | 12:31 Hs
Enviado por Marta
No! Basta por favor! Una vergüenza. El Papa, pedofilia? Hasta donde por Dios
 
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