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  LUNES 15/08/2016
El tipo tiene quien le escriba
JUAN ZETA (Entrega n° 9)
Yo, el del corazón hecho añicos como el espejo del baño del tipo. Creo que llegó la hora de presentarme.

Es muy difícil escribir sobre mí, es lastimoso. Ni siquiera me conozco bastante pero lo intentaré. Al igual que el tipo no tengo padre, ni Dios; tampoco tengo madre.

Como no tengo padres, nunca me pusieron un nombre. Fui bautizado y rebautizado en cada hogar de tránsito. Pasé por muchos, por todos tal vez.

Me llaman de tantas maneras que no las recuerdo, a veces suelo no responder a los llamados pero sólo porque no me doy cuenta que son para mí.

No sé cuantos años tengo, sé que son muchos porque hace tiempo dejé de contarlos .

Vivo solo, muy solo, demasiado. Soy un anacoreta pero no por elección; me exiliaron a la soledad, me desterraron de todas las tierras, me dieron cadena perpetua. Eterna condena.

Vivo en un loft inmenso e impersonal, un gigantesco lente para aumentar aún más, si es que se puede, mi soledad. No tengo ni tuve pareja alguna, no hay razones para que se me adjudique algún hijo. Me gustaría adoptar.

Muchas personas dicen conocerme, nadie lo ha hecho. Muchos dicen tener buena relación conmigo, contacto directo y diario; burdas mentiras.

Yo los conozco a ellos y a los demás también. Conozco a los que no saben de mi existencia y a los que la niegan; a los sinceros los honro.

No tengo función alguna. Soy un paria, soy un ser marginal.

No tengo vida propia, sólo una suerte de aburrida y tediosa supervivencia de voyeur de vidas, soy un viejo escriba en mi cabeza o en las nubes nomás, soy un escritor novato alentándose a su primer borrador.

Usado ruinmente, defenestrado, injuriado, calumniado; soy garante de injusticias

Mi vida es soledad, sufrimiento e impotencia. No tengo ni una mascota a quién acariciar.

No tengo días ni noches, ni soles ni lunas, ni estrellas ni lluvias; poseo ausencias.

Me han querido retratar, me han retratado pero yo no sé cómo me veo. En mi tierra destierro no hay espejos, ni ríos, ni mares donde reflejarme.

Me inventaron oficios porque era necesario llenar un casillero, pero soy bastante inútil, un bueno para nada. Soy el que nada lo puede y quiere poder escribir sus primeras líneas.  Esta irrupción autobiográfica muestra mi condición de principiante aunque lo autobiográfico también hace notoria una incuestionable falta de creatividad. Vuelvo al tipo antes que mi patetismo se explaye.

El tipo seguía maldiciendo y maldiciéndose, tenía los ojos embotellados en la cama donde estaba Jesús crucificado.

_Voy a hacer algo importante, voy a hacer algo importante. ¿Qué tiene de importante tener un crucifijo tamaño real y robado dentro de mi casa? Voy a hacer algo importante, voy a hacer algo importante , se burló de él y siguió. "¡Qué subnormal que soy!", acabó invadido por una colmada sensación de vacío.

El tipo temblaba de miedo y de nervios, pero también de frío. Era un Agosto crudo, la casa estaba destemplada porque el calefactor estaba en ahorro obligado de energía. Las baldosas del piso estaban escarchadas, el tipo estaba congelado; el tipo estaba salido de un baño de inmersión accidentado y andaba en bolas como en los primeros días de Adán antes que apareciera una higuera.

Corrió hasta su habitación a buscar algo para cubrirse, las bisagras alcahuetas despertaron, a medias, a ella.

Mientras el tipo se ponía una bata, una túnica, una frazada, un trapo a vaya uno a saber qué era eso, ella susurró ronca: “¿Sos vos?”.

_Si mi amor, soy yo. Dormí un rato más que es temprano, le respondió el tipo.

Ella estaba muy soñada para darse cuenta, para razonar que el tipo le había dicho "mi amor" .

Si ella hubiera estado consciente, la cama sería una balsa flotando a la deriva en una correntada de lágrimas.

Si el tipo hubiera podido pensar un poco nomás esas palabras jamás hubiesen osado abandonar su boca. Y no porque no la amara, el tipo no se sentía merecedor de sentir tamaño sentir.

Muchas veces rechazaba los abrazos de ella, pero sabía que ahí quería morir.

El tipo la hacía sufrir, el tipo sufría haciéndola sufrir. Había construido con depresiva paciencia una muralla sin ventanas. Había perdido tanto que la finitud de las cosas era su cuco. Su presente se había quedado varado en el pasado; el futuro no podía concebirse en su mente porque el futuro es exclusivamente una cuestión de fe. Pero ella siempre estaba allí.

Ella era buena mina, estudiante de publicidad y entusiasta de la fotografía. Lo había admirado al tipo antes de enamorarse de él. Lo había admirado cuando el tipo tenía una vida, lo amaba ahora en su andar a la muerte.  El tipo nunca creyó merecerla.

_ Vení a acostarte conmigo, dijo ella tratando de abrir los ojos.

_ Ahora vengo, voy a arreglar la puerta de entrada. Si escuchás ruidos no te preocupes y perdón por las molestias, estamos trabajando para usted, contestó el tipo.

Ella sonrió desde el sueño.

La puerta de entrada no era su desvelo, le había mentido.

El tipo buscó herramientas dentro de una caja de plástico: sacó una pinza, una tenaza y un martillo. Instrumentos en mano, cigarrillo bailando en la boca y sin la convicción de lo que iba a hacer entró en la habitación de Jesús.

Se quedó mirándolo un rato a los pies de la cama, a través del humo del cigarrillo, pensando en cómo usar la pinza, la tenaza y el martillo. Necesitaba un manual de instrucciones, ni siquiera sabía que hacían esas cosas en su casa.

Aspiró la última pitada, tiró el faso al piso y lo apagó con el pie. Era algo que hacía siempre, nunca una colilla llegaba a un cenicero. Pero el boludo estaba descalzo esta vez.

El dolor era muy agudo, una ampolla estaba naciendo en la planta del pie, pero el tipo, por orgullo o por no tener que darle explicaciones a ella, ahogó el grito y lo convirtió en un sarta de puteadas aspiradas.

 Dejó las herramientas en la cabecera de la cama y se subió a horcajadas de Jesús. La imagen era un tanto polémica, quien entrase en ese momento se tropezaría con la presencia de una suerte de nueva perversión.

_ Mi sufrido amigo, te convertiste en una especie de forúnculo para mí. Vamos a ver si podemos disfrazar un poco la cagada que me mandé, le dijo el tipo a Jesús que no lo miraba; su cabeza estaba inclinada hacia abajo.

El tipo agarró como pudo la tenaza y, decidido, empezó a tirar del clavo de la muñeca izquierda de Cristo. Estaba muy agarrado, fue a buscar un destornillador para hacer palanca y volvió a la faena.

El clavo, de a poco, se empezó a mover. El tipo lo tenía atenazado con la tenaza y le hacía fuerza desde abajo con el destornillador. Los movimientos eran torpes. No podía con una, que lograra coordinar y complementar dos herramientas a la vez no era algo por lo que alguien, que no fuera un temerario, apostaría. Gotas de sudor frío desaguaban en los ojos provocándole cierto ardor.

Siguió con la cosa, perdiendo la paciencia le entró con el martillo a la cruz.

_Perdónalos, no saben lo que hacen, lo parafraseó.  ¿Qué no sabían? Sí que sabían. ¡Mierda que te clavaron bien!, dijo el tipo.

Se afirmó bien y tiró con todas sus fuerzas que no eran muchas, por fin el clavo ya no estaba en la muñeca de Jesús, estaba apresado en la tenaza y era enseñado al cielo, por el tipo, en señal de triunfo y provocación.

El clavo de la muñeca derecha se resistió menos, el tipo había adquirido cierta técnica: tirar, hacer palanca, martillar.

Siguió con los clavos de los pies. Tirar, hacer palanca, martillar, secarse el sudor de la frente. Ya todos los clavos dormían en un bolsillo, de lo que ahora supongo era una bata, del tipo.

_ ¡Listo!, dijo poniéndole un título a la tarea cumplida.

Agarró la cruz de un brazo y la fue deslizando por debajo del cuerpo liberado de Jesús. La cruz fue a parar al piso, Jesús siguió acostado en el camastro.

El tipo escondió la cruz debajo de la cama, apenas si asomaba unos centímetros. Quedó conforme, una parte estaba solucionada.

_ ¿Y ahora qué hago con vos? ¿Dónde te escondo?, le dijo a Jesús.

Reparó en la corona de espinas y en las gotas de sangre que corrían por la frente de Jesús y sintió algo raro, algo que se asemejaba mucho a un sentimiento de piedad.

El tipo trabajó un poco más y le quitó la pinchuda corona.

Miró nuevamente a Jesús y le pareció humano, demasiado humano.

Se miró las manos, estaban íntegramente teñidas de rojo, el colchón de la cama estaba salpicado con el mismo rojo.

Metió los clavos y la corona en una bolsa y los guardó en el cajón de una cómoda que al tener los cajones rotos la hacía incómoda.

Intentó quitarse el rojo de las manos pero otra vez fue inútil. Intentó con alcohol, el resultado fue el mismo; se tomó un trago. Volvió a la habitación con el nuevo huésped que en lugar de tener clavos y corona de espinas ahora tenía unas bocas de estigmas que parecían ser la fuente del vómito rojo que, indeleble, lucía el tipo en sus manos.

No hubiera imaginado lo que sucedió después; el tipo limpió las heridas con alcohol, metió sus dedos en los agujeros y rompió una camisa para fabricar unas improvisadas vendas con las que cubrió las muñecas, los pies, la cabeza y el pecho de Jesús que delataba el lanzazo innecesario.

Lo cubrió con una manta, le puso una almohada debajo de la cabeza , apagó la luz, le cantó una canción de cuna y cerró la puerta.

 

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