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  DOMINGO 03/07/2016
El Tipo se topó con algo parecido a la fe
JUAN ZETA (Entrega n° 3)
El tipo caminó esas tres cuadras con paso cansino, acunando la caja con el nuevo bebé que iba a beber. Sintió un repentino calor, desenroscó la bufanda de su cuello y se quitó el gorro de lana; una corriente quiso despeinarlo pero no meneó ni un pelo de la cabeza engrasada del tipo.

La brisa se empecinó, se hizo viento, pero no hubo caso: los cabellos seguían pegoteados como fideos pasados.

El tipo se paró justo enfrente a su casa, la miró desde la otra vereda intentando reconocerla.

La casa había sido blanca; ya no.

La casa había tenido detalles de color; ya no.

Un tono gris se había adueñado de la fachada, los detalles de color eran sólo jirones de un antiquísimo toque de felicidad.

La casa y el tipo se asemejaban asombrosamente cada vez más.

Cruzó la calle mojada, traspasó la reja desvencijada y se dirigió a la puerta con la llave en la mano. Una luz se escurría por una hendija.

“Todavía no me la cortaron”, pensó.

Al abrirse la puerta los goznes chillaron de dolor; les faltaba ejercicio. Uno, dos, abrir y cerrar, uno, dos, abrir y cerrar.

Entró y agredió un sinfín de facturas impagas y se dispuso a jugar una carrera de obstáculos para llegar a su cuarto, decenas de botellas intentaban impedir que el tipo llegase a cualquier lado.

Sorteó unas, pateó otras y llegó hasta la heladera que estaba en el comedor. Abrió la puerta, la heladera separó su bocota y un aliento pestilente lo golpeó en la cara.

A él no le importó que algo estuviera podrido allí adentro, sólo buscó hielo en el congelador. No había.

_ ¡Mierda!, dijo.

El frío que salía de la heladera era igual al que estaba instalado en la casa. No había muchas opciones: o le habían cortado el gas o el calefactor se había descompuesto.

El tipo entró en su habitación. Aunque la casa tenía dos cuartos más, él no los usaba. Más de la mitad de la casa había sido deliberadamente clausurada.

Él iba de su habitación al baño y del baño a su habitación.

Tomaba en su cuarto y vomitaba en el baño, se enjuagaba la boca en el baño y regresaba a su habitación a seguir bebiendo o a dormir la mona.

Encendió la luz de su cuarto y observó las paredes rosadas y la cama revuelta de ausencias de noches de amor. En una esquina ropa desparramada en el piso junto a ceniceros repletos de restos de cigarrillos y la biblioteca atestada de libros mal acomodados.

“Tengo que catalogar los libros “, pensó mientras miraba la biblioteca que siempre había sido motivo de su orgullo.

Buscó entre las ropas y encontró una caja de cigarrillos sin empezar, rompió el envoltorio, sacó una etiqueta y encendió uno. El humo hizo acrobacias en el aire enrarecido de la habitación. Quiso abrir la ventana pero estaba aferrada con uñas y dientes al marco.

Sacó la botella de la caja, giró la tapa y se mandó al buche unos tragos abundantes. El estómago se le llenó de fuego como si hubiera entrado el mismísimo infierno por su garganta. No se inmutó, siguió tomando con la mirada clavada en la biblioteca.

Era una biblioteca muy ecléctica, novela rusa, iluminismo alemán, poesía latinoamericana, escritores malditos franceses y americanos, libros de cocina, libros de arte, libros de psicología, libros de filosofía, libros sobre el socialismo, libros sobre el capitalismo, libros de autores célebres, libros de autores ignotos, algunos libelos estaban promiscuamente acostados en los estantes de madera vieja y polvorienta.

Aunque el tipo era ateo, hereje y blasfemo hasta los tuétanos, su biblioteca estaba atiborrada de libros de religión. A ese sector fue hacia donde dirigió su atención.

Caminó un par de pasos hasta la biblioteca y sacó de allí un Santoral, lo abrió a ciegas y se topó con el siete de Agosto: encontró que San Cayetano lo miraba desde la página elegida por el azar. Le pareció que no había sido casualidad.

El libro no abundaba en precisiones, no se sabía si había nacido en Vicenza o en Gaeta y no especificaba el día de su nacimiento, aunque si el año: mil cuatrocientos ochenta.

Se lo llamaba Cayetano de Santa María porque decían que su madre lo había ofrecido a Jesús de pequeño.

Leyó que Cayetano, sin San, había estudiado jurisprudencia en la Universidad de Padua y que se había ordenado sacerdote en el año mil quinientos dieciséis, bajo el poder del Papa Julio II.

Al regresar a Vicenza ejerció la caridad con los enfermos en el Hospital de Incurables y gastó gran parte de su fortuna en realizar obras de misericordia.

En mil quinientos veinticuatro, en Roma, creó una orden aprobada por el actual Papa, Clemente VII. Y aunque su congregación nunca tuvo un número elevado de miembros, ejerció un gran influjo en la renovación de la vida cristiana en el seno de la Iglesia y en la transformación de las costumbres.

Fue encarcelado, en mil quinientos veintisiete, por entregar los bienes eclesiásticos entre los pobres durante el saqueo de Roma a manos de las tropas de Carlos V.

En mil quinientos cuarenta y siete, en la ciudad de Nápoles, se reagravó una enfermedad que lo perseguía y murió el siete de Agosto de ese año.

El libro no decía que enfermedad había padecido, ni que milagros había realizado, ni por qué se lo santificó, ni quien lo había hecho santo. Tampoco decía por qué se lo llamaba el patrono del pan y del trabajo.

Las desinformaciones, las incoherencias, las contradicciones de los libros religiosos eran los motivos que llevaban al tipo a leerlos.

Él era un estudioso informal de la vida de Jesús, de los libros sagrados, de la formación de las Iglesias y de los cultos; de la fe.

Dejó el libro sobre un estante, encendió otro cigarrillo, se incendió el estómago con otro trago de whisky y se recostó en la cama a esperar que el techo se descascarara sobre su cara.

El tipo pensó en la cantidad de gente que adoraba a San Cayetano, pensó en ese dios pagano y dijo en voz alta: “Este tipo es más importante que Jesús y Dios juntos”.

Pensó en la Santísima Trinidad y tuvo que repensar que lo que había dicho era un desatino; si los dos eran uno solo. Pero no le importó, el disparate no era lo que había dicho sino el concepto mismo de la Santísima Trinidad. Entonces repitió: “Este tipo es más importante que Jesús y Dios juntos” y agregó: “Lo voy a demostrar. Necesito hacer algo importante. ¡Voy a hacer algo importante!”

La decisión retumbó en toda la casa y seguía retumbando en un tartamudo eco cuando el tipo, con el gorro de lana otra vez tapándole hasta las orejas, se decidió a salir por segunda vez en la mañana que seguía de noche y también por segunda vez en varios meses.

El frío de la noche era igual al frío de la casa, que era igual al frío de la heladera.

Dejó la botella por la mitad y dejó la puerta sin llave; se había acordado que ella iría a verlo después del trabajo.

Los colores no habían vuelto a su casa.

_ ¡Voy a hacer algo importante!, revalidó la idea. Los colores volvieron a su cara.

 

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