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  LUNES 27/06/2016
El tipo siguió
JUAN ZETA (Entrega n° 2)
El tipo siguió caminando y se detuvo a trescientos metros de su destino final en una estación de servicio que albergaba, bajo su techo, un pequeño quiosco. Hacia ese lugar puso proa.
Entró en el reducido espacio y la divisó detrás del mostrador, agachada, acomodando unas cajas.

Ella no advirtió la presencia del tipo, que aprovechó para mirarle, sin pudor y con impunidad, el culo.

Era diminuta y muy bella, de cintura angosta que invitaba a rodearla con una sola mano, caderas perfectas y pechos pequeños pero soberbios.

El tipo acarició recuerdos.

Para su propio asombro sintió una leve incomodidad, ensayó una tos hipócrita.

Ella se incorporó y giró su cuerpo. Sus ojos, enormes, no pudieron disimular la sorpresa de volver a verlo.

No lo besó, no le sonrió; simplemente lo miró con un dejo de despecho.

Aunque el tipo nunca le había prometido nada, ella no pudo evitar el sentirse abandonada, desilusionada cuando él desapareció, sin ofrecerle ni una mísera despedida, de un día para el otro.

_ Hola, dijo el tipo.

_ Hola, contestó secamente ella

_ ¿No te alegrás de verme?, tiró una ficha el tipo.

_ No. ¿Cuánto hace que no me venís a ver? ¿Dos, tres, cuatro meses? Fui a tu casa casi todos los días, te llamé por teléfono todas las noches y nada. Simplemente nada, recogió la ficha ella.

El tipo mintió una excusa.

Ella, aunque no le creyó, igual le devolvió un reproche.

_ Tenés razón, perdonáme. El arrepentimiento del tipo esta vez era genuino.

Ella se sorprendió, quedó descentrada. Había sufrido infinidad de desplantes por parte de él pero jamás había escuchado la palabra perdón escapar de su boca.

_ ¿Te pasa algo?, preguntó ella. El matiz de su voz era diferente.

_ ¿Por qué?, repreguntó el tipo haciéndose el desconcertado por la pregunta.

_ Miráte como estás. Debés haber bajado más de cinco kilos, estás sucio, desaliñado, pálido y tus ojos apenas se auguran detrás de esas ojeras.

_ ¡Gracias por los piropos! Necesitaba que alguien alimentara un poco mi desnutrido ego. Una verdadera muestra de ternura para mi autoestima. ¡Gracias, muchas gracias!, dijo el tipo.

_ No te pongas irónico ahora, clamó ella. Te estoy hablando en serio. ¿Qué te pasa?

_Creo que el tiempo se enajenó. Los años parecen no tener ni la más puta idea de que deben llegar uno por año y me cayeron encima todos juntos. Soy un gran recipiente donde Dios tira toda la porquería. Me siento la letrina de Dios y lo peor es que el hijo de puta tiene una endiablada puntería, se descargó el tipo.

Ella desbordó tristeza ante la respuesta. Sintió una suerte de profunda piedad, un infinito pesar.

Ella sintió un irrefrenable deseo por abrazarlo.

Para el tipo esos brazos rodeando su cuello fueron el más cálido refugio con el que pudo soñar. El abrazo pareció interminable; pero terminó.

El tipo se separó y sintió frío al salir del refugio del abrazo, se sintió desprotegido, vulnerable. Quiso volver a esos brazos y tal vez morir allí, pero no lo hizo, no se lo permitió. Sintió que no era merecedor de tamaño placer y como si nada hubiese estado pasando dijo: “¿Me das una botella de algo que tenga alcohol?”.

_ Sabés que no vendemos alcohol, dijo ella un tanto confusa por la frialdad de ese pedido luego del calor abrasador del abrazo.

_ Ya lo sé, pero siempre hubo una botella para mí en este lugar. No importa, voy a ver si consigo por otro lado. Si no consigo le pido al playero un litro de nafta sin plomo. Esa fue la respuesta del tipo que tiró las palabras mientras buscaba la salida. La palabra plomo fue botada desde la puerta.

_ ¡Esperá! No te vayas, gritó ella sacando una caja amarilla con letras rojas y negras de abajo del mostrador.

El tipo sonrió por primera vez en la noche que ya se hacía mañana. La sonrisa se asemejó a una mueca, su boca parecía no estar entrenada para la risa. Había olvidado como era eso de estirar los labios y mostrar los dientes.

_ Ya me parecía que no te podías olvidar de mí, dijo el tipo con un dejo de orgullo falso.

_ Tendría que hacerlo, dijo ella.

_ No te culparía, contestó la sesuda sinceridad del tipo.

_ Estás tomando mucho. Necesitás comer algo, lo siguió cuidando el amor de ella.

_ Lo que necesito no es comer, necesito hacer algo importante, dijo el tipo recorriendo nuevamente el camino a la salida con la caja que contenía la botella de whisky bajo el brazo derecho.

Ella salió de atrás del mostrador y lo alcanzó afuera. Notó la ausencia de luna en el cielo como había notado las lunas apagadas de abatimiento en los ojos del tipo.

_ ¿Nos vemos? Ella arriesgó la pregunta en una ruleta con números infinitos.

_ Andá para casa cuando salgas de trabajar. Te dejo la puerta abierta por si estoy borracho y no te escucho golpear, cantó pleno el tipo.

Sus labios se acariciaron. Ella se quedó mirándolo hasta que dobló la esquina.

El tipo no le devolvió la mirada al doblar, unas palabras ocupaban su maltratada mente: “necesito hacer algo importante”

El tipo siguió caminando empujado por la inercia de llegar y acosando la idea de escribir alguna página importante en su vida.

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