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  MARTES 22/12/2015
Zircaos vuelta al mundo. Capítulo 25: Naeim y Yazd, Irán
Naeim es una ciudad pequeña que queda en el centro de Irán, a la que llegamos desconociendo que había varios lugares interesantes y pintorescos. El propósito de parar ahí era solo a dormir y al otro día seguir camino pero los planes cambian todo el tiempo…

Llegamos de tardecita, el lugar nos gustó, trazado en diagonales, avenidas anchas y muchos árboles. A la pasada un grupo de hombres que vendían zanahorias blancas nos regalaron algunas para que probemos.

Estacionamos frente a un parque donde otros cinco con las típicas camionetas azules iraníes vendían frutas, nueces, papas y zapatos. Venían de la zona del Mar Caspio a ganarse la vida.

Cuando empezamos a hablar un poco con los nuevos vecinos un señor se acercó dándonos la bienvenida y nos contó que era el director del museo de la ciudad y nuestra alegría fue grande al saber que había lugares para conocer y visitar.

Ustedes se preguntarán...Y no buscan los lugares de interés en internet? Pues muchas veces no, no tenemos internet y no es fácil de encontrar, así que todo sale espontáneamente y eso es lo que disfrutamos muchísimo también. Así fueron saliendo todas las situaciones hermosas que hemos vivido hasta ahora.

Este señor hacia alfombras junto a su mujer, nos invitó a su casa a tomar té y a mostrarnos como era el trabajo. Nos subimos a su coche pero antes nos regaló una caja de exquisitas masitas del lugar.

Llegamos y como es costumbre en Irán un living grande estaba listo para sentarnos en el suelo y disfrutar de una charla. A un costado el inmenso telar donde había una alfombra a medio hacer, el señor se sentó y nos mostró como era su trabajo, suele llevar un par de años en terminarse ocupando unas cuatro a cinco horas por día, donde por centímetro cuadrado caben cientos de nudos que van formando bellos diseños con mucha paciencia y tiempo.

Su mujer sirvió te con masitas secas y algunos dátiles. Ella no compartió con nosotros, casi ni siquiera estuvo, solo sirvió y se fue cubierta íntegramente por una manta de flores descoloridas. Tampoco dio la mano. Hemos empezado a descubrir que en el interior las mujeres tienen otra actitud. No fue una sorpresa para nosotros, sabíamos que la excepción estaba en las ciudades grandes.

Después de despedirnos nos fuimos a dar una vuelta ya de noche por la ciudad, había aún mucho movimiento en las calles.

Al otro día por la mañana saludamos a nuestros vecinos, los vendedores de frutas y zapatos que seguían firmes ofreciendo sus cositas. Nos fuimos caminando. Unas cuantas cuadras adelante y al final de la calle estaba el museo. Dos o tres personas se acercaron siempre con la amabilidad que en Irán sobra, uno nos cobró la entrada y otro se quedó con nosotros al comienzo como dando una introducción a lo que íbamos a ver. Luego se fue rápidamente. La casona donde estaba el museo había sido comprada por la reina en épocas pasadas y después de la revolución el lugar paso a ser de la ciudad.

Estábamos completamente solos entre vasijas, espadas de luchadores del desierto, alfombras centenarias y herramientas caseras que se usaban antiguamente para la agricultura. Fue un hermoso paseo por el lugar, en un sector un señor tejía una alfombra, en silencio, parecía como si  hubiera estado ahí toda su vida.

A la salida un puñado de turistas se acercaba.

Dimos una vueltita por las afueras del barrio, había sol, viento y arena de desierto, dos mujeres luchaban contra las ráfagas sin dejar de sostener sus “chadores” cueste lo que cueste.

Por la tarde nos fuimos a un pueblo vecino, hecho de barro. Subimos a una torre bastante deteriorada y desde ahí pudimos ver el panorama, absolutamente todo de color marrón. Sentimos verdaderamente que estábamos en medio del desierto viendo una imagen que parecía sacada de alguna película. 

Próxima parada:

Hicimos unos 200 km. y llegamos a Yazd.

Nos encontramos con una ciudad tranquila, inmensa, teniendo la suerte de encontrar un lugar para estacionar muy cerquita de la parte vieja, a pocas cuadras. Un grupo de niños afganos jugaban en el parque de la esquina.

Paseamos por las callecitas infinitas del barrio viejo, entre pasadizos, galerías y algo de gente. Más tarde la ciudad empezó a tener cada vez más movimiento y de repente todo se convirtió en un mar de gente, coches, bocinas, luces, ruidos. Era viernes, día de fiesta para los musulmanes.

Frente a la mezquita, al final de la peatonal por la noche se cocinaba una comida popular en ollas gigantes donde había que revolver con un cucharon de casi dos metros de largo sin parar un segundo. Pasamos muchos voluntarios a dar una mano. A las 3 de la mañana empezaron a servir después de haber estado al fuego durante horas y horas. Nos enteramos de lo rica que estaba al día siguiente por unos amigos españoles que habían madrugado para saborear un plato al aire libre.

También visitamos la Torre del Silencio, un lugar precioso que queda en las afueras de la ciudad, aunque de a poco la ciudad va rodeando el espacio y podría decirse que su ubicación ya es urbana.

Hay varias en diferentes lugares, algunas ya se dejaron de usar y en otras aún se continúa con el ritual. Esta que vemos en el video se ha utilizado hasta principio del siglo pasado.

Subimos hasta arriba por un senderito angosto. Antiguamente hasta allí se llevaban los cuerpos de los muertos para que los pájaros se los coman, pasados varios meses cuando los huesos ya quedaban blancos por el sol los mismos se depositaban en el hueco del centro de la torre y se cubrían con cal para terminar de disolverse.

De esta manera se cree que al comer los pájaros el cuerpo el espíritu se eleva al cielo.

Es una práctica que aún se sigue haciendo en algunas partes del mundo sobre todo en India.

El sol ya caía y la luz era preciosa. Era increíble ver de un lado la ciudad y del otro lado el desierto en su estado más puro.

Seguimos andando por este Irán hermoso, hay mucho por descubrir.

 

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