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  SÁBADO 21/10/2017
Zircaos Vuelta al Mundo. Capítulo 12: Problemas de altura.
ROSANA KOZAC
Bolivia es como un sube y baja todo el tiempo, repleto de montañas. Saliendo desde Tupiza, en el sur, la próxima parada era Uyuni y su salar, claro que en nuestro viaje nunca se sabe cuándo llegaríamos… esos eran los planes, en principio.

Adelante un camino sinuoso como siempre nos acompañaba, cruzamos mercados al costado de la ruta, con puestos improvisados al mando de las cholitas, las mujeres del altiplano, ofreciendo verduras, frutas, quesos, kilos y kilos de harina, fideos secos y algo de carne.

La gente baja al pueblito más cercanos para ofrecer sus productos. Estos mercados que suceden algunas veces en la semana, en otros a diario, es la posibilidad de vender lo cosechado, conseguir comida y también la parte social, la del encuentro.

Observando el panorama pareciera que las imágenes se escapan de un tiempo atrás, muy atrás. El camino de Bolivia se disfruta siempre, se ven situaciones inesperadas y los personajes del lugar. Cada mirada es una fotografía.

Ya estamos a más de 3000 metros, subidos al altiplano, del que vamos a terminar bajando mucho tiempo después. La rara sensación de estar en las alturas se empieza a sentir, en la camioneta y en nosotros.

El viaje está yendo de maravillas, con mucho sol y todo lo mágico que lo rodea. Yo venía sintiéndome un poco mal, con una sensación de estado gripal, pero como soy bastante porfiada no quería bajar los brazos y hacer reposo, así que a fuerza de té con paracetamol, otros yuyitos que me dio una amiga y miel le di tregua un par de días a ese malestar, pero fue inútil, lo que estaba sintiendo era el mismísimo soroche, conocido como “mal de altura” lo que te puede joder el viaje a Bolivia si vas por pocos días.

Después fuimos cayendo de a uno en la familia con el mismo… problemita.

La ruta se fue decorando a los dos lados por verde selvático, paramos a almorzar bajando en una callecita de un pueblo de tres casas y seguimos apenas terminamos, el día acompañaba para aprovechar al máximo la ruta. Después de varios kilómetros vimos a los lejos que el camino subía de una manera bastante brusca y que se perdía donde terminaba la montaña. Con solo mirarlo ya me puse nerviosa porque suele pasar que la camioneta algunas veces no tiene potencia para subir tranquilamente y nos deja a mitad de camino, con un único síntoma: calentada.

La subida inmensa se acercaba, la tomamos como veníamos, sin bajar el pie del acelerador, arriba estaban arreglando la ruta y no había mucho tránsito. Empezamos a subir, bastante rápido entre las curvas y el precipicio, ya casi llegábamos arriba, ya terminaba la odisea, pero nos equivocamos… la agujita de la temperatura en un instante empezó a subir, entre el envión y las ganas de que llegue… llegó y estacionamos justo, en un huequito al costado de la ruta, de la mano contraria.

De un lado la montaña y del otro un impresionante y hermoso paisaje lleno de verde intenso. En momentos como estos no queda otra que tomárselo con calma y esperar, nada más que eso. Ya estaba atardeciendo y teníamos una vista divina del paisaje, tranquilamente podríamos habernos quedado a dormir allí. Levantamos el capot para que se airee un poco mejor y de inmediato encontramos algo para hacer en momentos como estos: Quintín y Alma siguieron haciendo pulseritas para tener más y vender, Guille a editar y yo corté una papaya naranja y dulce para la merienda.

Habrá pasado una hora más o menos y le dimos arranque, ya todo estaba en buenas condiciones para seguir camino. Nos quedaban por delante un par de subidas más para llegar al próximo pueblito.

Ya oscurecía cuando llegamos a Vitichi, el lugar tiene solo una calle principal bien ordenada y pintoresca, como recién pintada. Más allá solo casitas bajas de adobe y paja, calle de tierra y la montaña como dándole respaldo al pueblo. Un rio seco y la ruta que le pasa por enfrente. Un salón en el centro de la plazoleta bien arreglada donde por las noches algunas personas juegan billar. Al otro día descubrimos que en este espacio funciona también una sala de primeros auxilios y comedores.

Apenas llegamos preguntamos si podíamos estacionar para pasar la noche a un lado del pueblo. En ese momento se acercó muy simpática una cholita para ofrecernos queso de cabra que llevaba en una canastita de mimbre, ya era de noche y apenas se veía lo que ofrecía.

Inocencia se llamaba y en quechua trataba de comunicarse con nosotros, no hablaba nada de español. Con los dedos campesinos me indico que 10 soles valían sus quesos. Que rico estaba!

Al otro día cuando me desperté amagando para salir parecía que mi cuerpo no funcionaba, no quería saber nada con despegar de la cama, la cabeza me daba vueltas, los ojos me dolían muchísimo, los oídos, algo también el estómago y me sentía sin energías. El diagnóstico fue “soroche”, el mismísimo mal de altura.

Nunca me había pasado y puedo asegurarles que es una sensación muy fea, impide hacer vida normal aunque se quiera. El remedio? Masticar y tomar té de hojas de coca, el remedio de todas las personas del altiplano. Al final pasamos en Vitichi tres días, este pueblito caliente y solitario en la hora de la siesta y algo concurrido al bajar el sol.

Ya sintiéndome un poco mejor seguimos viaje, por más que se pongan todas las ganas a veces es imposible adaptarse a una vida en las alturas. Más adelante seguiremos buscando nuevas soluciones al respecto, por ahora ya estaba remendada para seguir adelante.

 

Hasta el próximo capítulo!

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