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  MARTES 12/09/2017
Zircaos Vuelta al Mundo. Capítulo 7: Valle de la Luna, San Juan
Desde chica lo mire en fotos y me imagine algún día disfrutar de la hermosura del Valle de La Luna, ese lugar tan especial que está dentro del Parque Nacional de Ischigualasto en la provincia de San Juan.

En grandes partes se parece a un paisaje lunar, por eso su nombre, nos hizo acordar inmediatamente un poco a lo que es Goreme, en Capadoccia, Turquía, con esas inmensas piedras en forma de hongos erosionadas por los vientos y la lluvia de miles y miles de años. 

Desde San Agustín del Valle Fértil, donde estuvimos unos días, tomamos una ruta donde fuimos pasando por varios pueblitos más, algunos un poco más grandes, otros más chiquitos que tenían solamente un par de calles y otros que directamente se confundían con el color del desierto sanjuanino desperdigados en medio del campo.  

El pueblo de Baldecitos era nuestra esperanza para llegar y encontrar algún lugar donde pasar el día, comprar algo rico para comer y pasar la noche antes de ir para el parque. Cuando llegamos al lugar no había nada más que viento y tierra, la oficina de turismo cerradísima y la comisaria al costado de la ruta donde un inmenso cactus la adornaba era todo lo que se veía. Más adelante un comedor donde se podía comprar algo para comer y la ruta que seguía, infinita, perdiéndose entre las montañas. 

A un lado salía el camino para el Parque Provincial, que quedaba a unos 15 kilómetros, decidimos ir directamente para allá y en caso de que encontremos el lugar cerrado esperar hasta el otro día durmiendo “por ahí”. El viento corría tan fuerte que se volaba hasta lo que hablábamos. Llegamos, estacionamos, éramos los únicos que andábamos ahí, la época de vacaciones ya había pasado y con ella los visitantes. Fuimos a la recepción y un guardaparques nos dio toda la información, el precio de las entradas y lo que teníamos para hacer en el predio antes de hacer toda la visita, que ya quedaría para el otro día. Nos dejó pasar la noche en el estacionamiento del lugar pudiendo conectarnos a la electricidad y con la esperanza de poder agarrar alguna rafaguita que traiga internet y así chequear el teléfono. Nada de eso paso, el viento se llevaba hasta los pensamientos y se metía en cada agujerito de nuestra casa, casi con melodía.  

Antes de que oscurezca por completo visitamos el museo y ahí nos empezamos a meter en el maravilloso mundo de los dinosaurios que habitaron esta región. Con una serie de videos, supimos cómo se fueron formando los accidentes geográficos y como fueron hallando millones de años después a los primeros animales. Por cierto, aquí se encontró el dinosaurio más antiguo. Es el lugar que los paleontólogos del mundo entero visitan. 

A la mañana siguiente después del desayuno hicimos un poco de escuela entre el viento y las ganas de empezar la visita. Mientras estábamos en clases un zorrito se acercó a nuestra casa en buscar de comida, se quedó un largo rato, manso, comiendo miguitas de un pedazo de pan duro. 

A las tres de la tarde se levantó la barrera y el paseo comenzó, como siempre salimos un poco retrasados, pero a los pocos kilómetros alcanzamos la fila de coches, éramos unos 10 visitantes en total. El recorrido por el Parque es de unos 40 kilómetros aproximadamente con una duración de 3 horas. La primera parada fue en el Valle Pintado, nombre que lleva por el colorido de sus montañitas, correspondiendo cada color al diferente mineral que las conforma. Después fuimos al lugar que yo más esperaba, Cancha de Bochas. Me lo imagine siempre de otra manera, como un campo inmenso, desértico, con las perfectas bolas de piedra de un tamaño muchísimo mayor a las de la realidad. Mi decepción fue grande al ver esas bolitas de piedra, la magia de lo que me imaginaba había crecido por la forma en que fueron sacadas las fotos, esas que vi desde mi infancia. Claro que igual era todo increíble, pensar que de una micropartícula y con el correr de los millones de años un granito de arena, y otro más se fueron adhiriendo hasta formar estas bolas perfectamente redondas. Nos contaba el guía que antes que el parque fuese declarado por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, los turistas se las llevaban de recuerdo y así fueron desapareciendo. Hoy eso está prohibido cuidándose como un tesoro las pocas que quedan.  

Seguimos el recorrido y la próxima parada fue un museo que se decidió levantar a partir que se encontraron otros restos fósiles de dinosaurios, donde se ven completos, donde el público pueda apreciar cómo se encuentran realmente entre las piedras y cuáles son los procesos que se van realizando, fue todo muy bien explicado por un paleontólogo muy joven que contaba con mucho entusiasmo cada paso. Después llegó el turno de ir hasta “El Submarino”, otra piedra con forma encantada. Ahí fue que el guía nos dejó solos, creo que se cansó de esperarnos, se fue con el resto del grupo a seguir el recorrido y nos indicó el camino para seguir solos. Nosotros felices y libres dijimos que sí.  

Estuvo buenísimo, sacamos muchísimas fotos sin que nadie nos apure, de ahí nos fuimos hasta “El Hongo”, esta figura rara y la mas característica del lugar. Estuvimos un rato largo disfrutamos en silencio del paisaje y de los colores impresionantes que ya empezaban a asomar con el atardecer. Nos quedamos un largo tiempo viendo toda esa belleza, el color naranja de a poco llenaba el espacio. Nos quedamos más de la cuenta, ya se hacía de noche y empezamos a volver perdiendo la noción del tiempo, no teníamos ni idea cuanto faltaba para llegar y poder salir del parque, cerraba a las 7. Ya era de noche cuando cruzamos la barrera de salida. Volvimos a hacer los 15 kilómetros hasta Baldecitos insistiendo en encontrar algo rico para cenar. Fuimos al comedor ese que habíamos visto a la ida, donde una señora gordita nos vendió un kilo de milanesas y medio pan casero, era lo único que tenía. Cruzamos la ruta y paramos a dormir al ladito del cactus, ese que adornaba la comisaria. 

Esperamos que disfruten del video! 

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